viernes, 9 de octubre de 2009

A escondidas...



Quiero que me digas concretamente, desde dentro de este infierno, en el que lastimas tus muñecas rotas y mueres a segundos que pasan, uno detrás de otro y conforman horas, años, lo que en tu estancia frágil percibiste, cuando por la hondonada fuiste y moriste, en medio de rocas punzantes y escandalosos gritos de dolor a tiempo y alerta, como testimonio perceptible de un profundo y quemante suicido, del que fuiste víctima y cómplice, Y no sólo eso, también enterraste tu dignidad que acuestas llevaste y después olvidaste para pecar, en ti mismo, sobre tu sangre, centro de espejos fríos que reflejan daños, muerte. Moriste, es cierto, a mano propia, verdugo en carne propia, asesino de cobardes. Traidor, eres también traidor de ti mismo, y de tus hijos, y de tus mujeres preñadas y de los amores ajenos, del amor propio que los hombres usualmente no matan, y que tu cuerpo inmóvil permanezca, postrado, muriendo a diario bajo las piedras, en sangrienta relación con la misma hondonada en la que te lanzaste, en un continuo abismo, aniquilando órganos y venas, desgajando los pulmones, abriendo tus entrañas y escupiendo tu esqueleto amorfo, madrugando cada noche para ver tu partida, inquilino de las horas prohibidas, hijo de muertes infinitas, que el diablo lleve a su infierno una luz encendida y te dé, aunque no lo merezcas, un amor a escondidas.

Seguidores