miércoles, 8 de septiembre de 2010
Un miércoles
sábado, 4 de septiembre de 2010
La tristeza
Mis narices se han enfadado conmigo
por la fetidez del mundo, por el ruido,
por los falsos profetas, por los falsos amigos,
por tu boca y tu cabello que no respiro.
Mis ojos se vuelven menos visibles
a la distancia y a la luz que atienden,
como tu mano fría en mi cara,
como el delirio de los moribundos y los ciegos,
como las noches de rezos y los suicidios.
He tomado cartas en el asunto:
debo arrancar mis ojos y dejarlos en el viento
debo tomar mis manos y quemaras con su fuego
y que la sangre y el ruido sean de un gran sufrimiento,
para que nunca haya, nadie más, sin escarmiento.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Salidas y retardos
Tengo una salida congruente y una trágica.
Veamos qué nos propone la primera:
debo llevar mis pies por el mismo lugar,
-el de siempre-
simple, absurdo, único, inigualable, sobrio.
Debo cortar mi piel en trozos pequeños y dejarlos en el suelo,
-desde la salida hasta el mundo-,
como marcando el camino,
sin pan, sin migajas, sin viento, ni aves ni casas,
y que la sangre llame a los cazadores nocturnos, a los colmillos de la noche.
Debo volar,
entre las nubes de mis ojos,
entre las alas de mis manos,
entre la dulce tempestad de mis oídos y mis huesos.
Esto debo hacer si "congruencia" es el nombre de la puerta que sea abierta.
¿Y si la tragedia es mi salida?
Entonces sólo tengo que seguir aquí,
como un buen hombre
que duerme y duerme,
y muere.
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