domingo, 29 de agosto de 2010

sábado, 28 de agosto de 2010

Muerta

Suda suavemente

suda y tiembla

es un mar ausente, del que regreso

un río pequeño que envenenas.

Camina el aire libre por su cuerpo inmóvil

fermentando la luz agónica de mi resplandor pausado

entra por la ventana y tiembla.

Este es un río muerto, aquí voy y aquí callo.

corre el mar indecente que espero,

castigo de náufragos envenenados en cuerpo

como entre mi sexo y el tuyo y mi condena.


Caigo nuevamente

en la soledad fugaz

que envenena mi garganta fría,

virus, epidemia, muerte

y la fetidez que, peligrosamente, respiro cuando duermes.

Te digo cosas al oído, casi suculentas, casi indecentes

te canto cuando lo mereces

y me llevo las manos a la boca

y despierto y te mueres

Voy despacio hasta tu guarida

vagando lento por las piezas de tu cuerpo amorfo

y salgo

de un sueño fugaz

del que ya no vuelves.



Te vi -antes de comer-: ibas caminando a contra luz mientras yo subía las escaleras del estacionamiento de la facultad. Me pareció verte brillar a lo lejos, o quizás era el golpe de luz en tu cabello castaño. “¡No lo puedo creer!” gritabas mientras sostenías con tu mano derecha la cámara fotográfica que quizás había deformado la belleza de tus labios o tus ojos, o ¡qué se yo! Tus amigos ñoños caminaban a tu alrededor y me daba la impresión de que eras tú la actriz principal de la comedia. ¡Sentí tu mirada!, tan cerca de mí, tan lejana, tan apagada, tan dura -como si de pronto hubieras visto algo familiar y en seguida te hubieras desprendido de tus ojos para dejarlos correr en el aire-; yo me escondí detrás de una mujer gorda que caminaba -sin cara, sin ojos, sin manos pequeñas y blancas-. Mentí un poco entre dientes “perdón”; seguí caminando entre la multitud y me volví a esconder entre la gente, seguí. Ya estaba del otro lado de tus ojos y también de tus labios: miraba tu cabello oscuoro y claro, el brillo que estallaba contra tu cuerpo pequeño y ligero que llevas a todos lados. Ahí estabas tú, en medio de todos y sola; ¡miraste de pronto!, mis oídos se taparon, mis manos temblababn, mis ojos se desviaron a cualquier lugar -era una estatua de piedra sin palabras-; era una estatua de piedran ¡sin labios!, sin qué decir en cualquier momento, sin nada de hablar de la nada, sin nadie, sin ti, sin nosotros.

Y así me desprendí de la vida, un poco más, antes de la inevitable pérdida de los sentidos; de mis huesos y el suicidio de este día.

Las transeúntes


Me enamoro de las transeúntes,
me he dado cuenta de eso hace unos días y me intriga.
Míralas, van ahí en la calle y se atraviesan,
naturales y puras -fresca belleza-;
sujetas están al semáforo impuesto
al ampelmann de mercado, a la bombilla enemiga.
Van solitas, una a una, y yo me enamoro de ellas y las sigo con los ojos,
se me desprende la vista
en el viento
y ellas se transfiguran lejanas,
lejanas, prohibidas.

viernes, 27 de agosto de 2010

Hoy me reclamaron por venir a verte



Hoy me reclamaron por venir a verte, no quieren que vuelva por aquí jamás”, “hoy me reclamaron por venir a verte, no quieren que vuelva por aquí jamás”, y la tonada volvía a pasar como película ciclada en la cabeza de Federico, “hoy me reclamaron por venir a verte, no quieren que vuelva por aquí jamás” y no se explicaba por qué se empeñaba esa canción en repetírsele con tanta insistencia, Vicente Fernández no le gustaba para nada, y mucho menos en sus tiempos mozos. Serían mediados de los 80’ o quizá de los 90’; a sus 63 años, Federico ya perdía los hilos del tiempo, de repente se le enroscaban peligrosamente en la cabeza y no le daban paso a la objetiva cronología de los hechos en un tiempo realista y lineal, y en este momento alguien seguía reclamándole por venir a ver ¿a quién?, con la extraña manía de escudriñar las canciones tratando de interpretar el mensaje de su autor hasta en el mínimo detalle, seguía sin entender, seguía sin entenderse, “¿por qué no puedo quitarme de la cabeza esa espantosa y simplísima canción que un charro mexicano devaluado puso de moda palenquera hace años?” además, en su situación actual era muy difícil, casi imposible que alguien le reclamara por ir a ver a otra persona, no tenía personas qué visitar, ni siquiera que lo visitaran, y sería de mucho mejor gusto ciclarse en una canción de Serrat o de perdis de José José, también de aquellos tiempos, e intentó tararear “gloria a Dios en las alturas…reclamaron, recogieron, ¿revistieron?”- no, no, no- y “hoy me reclamaron por venir a verte, no quieren que vuelva por aquí jamás, dicen que…” volvía a sonar como disco rayado. Prendió el radio, buscó una estación cualquiera. De un tiempo acá resultaba ya muy tedioso el trayecto en el carro del Motel a la casa, la cabeza se resistía a ocuparse en algo creativo, hasta la visita al mismo Motel cada tercer día empezaba a resultarle sin sentido, casi obligatoria y aburrida; y en los peores días como el de hoy, su cerebro prefería insistir en sumirse en la mediocridad de repasar la parte rayada de su disco duro.

El radio tampoco consiguió captar su atención, sobre la voz del locutor y las canciones que programaba, sonaba Vicente Fernández “hoy me reclamaron por venir a verte…” Aplanó sus sienes entre el dedo pulgar y el índice de su mano derecha, a esta presión respondió la cefalea que últimamente tampoco era extraña, era un palpitar que al ritmo de la banda norteña danzaba en su cabeza dos de cada cuatro días de la semana, pretendía ignorarla pero hoy, se hacía presente como la mano que movía el martillo vuelto canción de Vicente Fernández. Sacudió con demasiada fuerza la cabeza al grado de que sus manos en el volante casi pierden la verticalidad de una carretera demasiado recta y a las 6 horas de la tarde, extrañamente poco transitada, estaba solo, solo, solo, ni un automóvil con el mismo destino, ni un automóvil en sentido contrario, sería muy fácil apretar el acelerador y continuar de frente, ignorando la incipiente curva que empezaba a asomarse en el trayecto, pero no lo hizo, recuperó su cabeza el equilibrio, y su peso sobre los hombros, y su mando sobre sus manos, mientras la acompañaba un “no quieren que vuelva por aquí jamás”.

No era la primera vez que se le ocurría pasar a formar parte del paisaje y fundirse con el camino, las hierbas de la orilla, los cerros, las nubes y la luz del crepúsculo; lo detenía pensar que dejarse ir alteraría el curso natural del ambiente y su incorporación al paisaje violentaría la tranquilidad de la tarde y así no, quería una fusión lenta, paulatina, discreta.

Y hoy, como nunca, la ciclada melodía en su cabeza no lo dejaba disfrutar de aquella idea larga y repetidamente acariciada, cuyo encanto estaba en su imposibilidad, ya que perderse en el camino, desaparecer, no dejar huella, era eso imposible. Y era un truco de la vida, “hoy me reclamaron por venir a verte”, él, que en realidad no existía, para nadie, no podía desaparecer sin dejar huella, “no quieren que vuelva por aquí jamás”, alguien que solo es materia, sin espíritu, no puede irse del mundo sin alterar aunque sea por un día la tranquilidad de otra persona, aunque sea desconocida, aunque sea una tercera persona, ya que la primera y segunda personas no tenían cabida en su inexistencia terrena. Por sus ideas también había pasado la de tirarse en un campo solitario y esperar pacientemente a que su cuerpo se integrara a la tierra como los restos de los animales que atropellaba y mataba en la carretera, pero le temía a los zopilotes y a los halcones, carroñeros sagaces, oportunos, alertas…

Y él no, Federico no pensaba en cómo morirse, en que su materia se descompusiera y apestara, no, no era morirse lo que quería, no, era…”no quieren que vuelva por aquí jamás…dicen que…” perderse, quería perderse que es muy diferente, quería que tampoco su cuerpo tuviera forma, que no ocupara un lugar en el espacio, que fuera tan invisible e inexistente como su espíritu, que no fuera el amorfo trofeo que todavía de vez en vez las mismas águilas carroñeras se disputaban; y entonces, empezó a querer aparecer la tercera línea de la canción de Vicente, pero se quedaba a medias y volvía a empezar “hoy me reclamaron por venir a verte…” y veía con claridad ahora que lo más fácil es repetir el estribillo de las canciones, pero el mensaje está en el cuerpo de las mismas “dicen que si vuelvo…” su pensamiento volaba, sin darse cuenta, estaba consiguiendo sustituir la ansiedad de la canción por su auténtica ansiedad, aunque Chente seguía dominando con su voz el trasfondo de sus pensamientos, éstos ya empezaban a gozar de una libertad, condicionada, pero libertad. Nuevamente el dolor de cabeza consiguió apartarlo por un segundo de sus cavilaciones, le urgía un analgésico para un dolor que estaba resultando inaplacable, se preguntó repentinamente: -¿Serán efectos colaterales del viagra?- desechó una respuesta afirmativa, el médico había indicado la dosis correcta y recomendado el uso discrecional y ordenado, -¿y él tuvo cuidado?- Quiso recordar cuántas veces tomó la pastilla en la semana y no pudo ordenar sus recuerdos, ni los rostros que buscaban un lugar en su memoria ya marchita, eran rostros femeninos, todos en el mismo cuerpo, era un cuerpo de medusa con mil rostros diferentes, todas en una, en la única mujer que siempre buscó y jamás encontró y que fue dejando vacía su alma, “hoy me reclamaron por venir a verte” de pronto la simple y retórica canción empezaba a tomar forma “no quieren que vuelva por aquí jamás”, lo mejor es que el viaje estaba agonizando y muy pronto podría llegar a su casa y espantar de su cabeza los zopilotes y las tentaciones de humanizarse con el pensamiento; saturando su materia con el ruido de las terceras personas que la habitaban, su esposa ella, sus hijos ellos, su nuera aquella, sus nietos esos…

Sin proponérselo aceleró el motor del automóvil, pasaban ante sus ojos las formas distorsionadas de los árboles, las casitas de palma a orilla de la carretera, los animales que a esa hora pastan los potreros, las personas que a pié recorren los caminos rurales, los vehículos que esporádicamente se encontraba en sentido contrario, en un paisaje cotidiano y tan conocido que parecía totalmente nuevo. Federico había logrado alejar por unos segundos la voz de Vicente Fernández, pero ahora era él quien voluntariamente traía a su memoria y a su voz aquella intrascendente canción, y abriendo la boca por primera vez en todo el trayecto empezó a cantar: “Hoy me reclamaron por venir a verte”, el dolor de cabeza empezó a intensificarse “no quieren que vuelva por aquí jamás”, se prolongó por la nuca y bajó por el cuello hasta el brazo izquierdo, “dicen que si vuelvo encontraré…” Federico soltó el volante y hundió su pié en el acelerador, el dolor era tan fuerte que lo cegó y ya sin voluntad dejó caer su torso sobre el volante al tiempo que completaba la tercera línea de la canción de Chente, “la muerte”.

Ya no se dio cuenta que su vehículo se estampó contra una colina del camino y que ahí llegaron policías, ambulancias y mucha gente curiosa, muchas terceras personas a quienes por un momento los alteró el suceso más por satisfacer su curiosidad que por apiadarse del algún dolor ajeno y lejano. Luego en el sepelio, lleno de ellas y ellos se le despidió como es la costumbre, con rezos y flores y llanto.

Nostalgia


La vez pasada tomé una bocanada de aire, después caminé por la casa, atravesé la sala y cerré la puerta.

Había olvidado las palabras que dejé superpuestas en tus labios y que luego escribí en mi cuaderno: “la verdad no se busca ni se encuentra, la respiramos diariamente; está en los sueños y en las noches de desvelo, en las palabras duras y en las difíciles, en tus ojos que saltan hasta mi cara cuando estamos juntos, en mis manos cuando de ellas te detienes, en nuestros besos, en el frío y el calor y el agua que sentimos, en los días soleados y los lluviosos, en tu iglesia, en mi casa, en mi beso que se destruye en tu cara un poco antes de la inevitable y diaria despedida…”

Ajusté mi mochila a la rebelde chamarra que me había puesto, intenté cruzar la calle. Mi descuido obligaba a los transeúntes a detenerse y a los choferes (desesperados por el tráfico matutino) a sonar su claxon. 9 de la mañana, hora vívida y simple, el reloj no se había parado, mis manos buscaban un refugio cálido entre la chamarra incómoda. La entrada del metro se veía despejada y el sol empezaba a calentar las estructuras metálicas que llega uno a tocar mientras visualiza el entorno y trata de configurar un método para esquivar a las personas, siempre es lo mismo, metro universidad 10 AM.

Copilco, Miguel Ángel, Viveros, Coyoacán, pasaron como película antigua por mis ojos. Después el descuido, la inútil esquizofrenia diaria que dilata mis sentidos y frena mis pensamientos, voces, cuentos, un ir y venir sin descanso. Crucé la línea de seguridad con un solo paso firme, busqué en mi mano izquierda el reloj y continué mi camino mientras pensaba en los dibujos extraordinarios de tus ojos.

Santiago me esperaba frente al Palacio de Hierro de Plaza Coyoacán, tenía en sus manos la maltratada bolsa negra que después yo usaría para tirar la basura olvidada por Larissa en la mesa del comedor, y sobre su nariz se detenían unos lentes oscuros que impedían escudriñar en los dibujos de sus ojos, nunca tan bellos como los tuyos, digo bien y sin temor a equivocarme. El tío Santiago dejó en mi cartera un billete de 200 pesos y una nota con varios teléfonos, en mi mano, las estiradas tomaduras de la bolsa negra, un abrazo dudoso en mi espalda y un “adiós”.

Mientras jugaba con la idea de intentar alcanzar mis manos entre tu garganta para luego besar tus ojos con los míos como si los besos nacieran de una imagen detallada de los tuyos, de paisajes ancestrales, de colores pálidos y oscuros; llevaba entre labios una canción que dice: “…y ojalá que veas marchar, mis pies andar, por un espacio desconocido, por una mirada…” y cruzaba nuevamente la travesía mencionada, como una película muy mala y una nostalgia.



Voz de las piedras

Esa tarde Pedro buscó una piedra que tuviera forma de nuez. La encontró.
El año pasado había estado en Tempoal viendo correr el río, lanzándole piedras
a las aguas correlonas. Se había vuelto muy importante este juego para él. Las
piedras son el reflejo de los años, la mancha que va dejando el tiempo debajo de las
aguas que corren y corren y corren.
-No es tiempo para juegos tontos- Dijo su padre-, debemos irnos, ¿qué no ves
que tu madre está preocupada por nuestra ausencia?
A Pedro le encantaba golpear las piedras debajo del agua. El sonido que éstas
desprenden de sus cuerpos y corre por el agua parece estar vivo. Las rocas son
sabias y la musicalidad deliciosa que desprenden de sus cuerpecitos está llena de
conocimiento y vida. Las rocas jóvenes permanecen en la parte más alta; algunas
flotan hasta la superficie y se les puede ver abriendo sus manitas, nadando y
nadando en la profundidad del río. Otras, las más viejas, esperan en el fondo, ¿Qué
esperan? Pedro lo sabe y por eso las busca, son nueces de sabiduría.
Pedro no para de pedirle a su padre que lo deje permanecer una hora más en
el río. Éste no accede. Al parecer ya es demasiado tarde y las copas deben romperse.
Don Pedro, hombre necio y de pocas palabras, toma a Pedrito de la mano y lo
introduce con fuerza en el coche. Más tarde, llegan a casa.
Las piedras son como ruinas; guardan en su vientre millones de almas que han
sido arrastradas por el río. No son sólo las piedras, también el agua y el bosque; los
árboles que chillan de frío con el viento helado de la tarde; las aguas que se arrugan,
se ponen “chinitas” de frío cuando cae la noche. ¿Será ésta su forma más humana?
Posiblemente.
Pedrito juega con las piedras. Esta vez en su casa. Usa la tina para intentar escuchar
las voces guardadas en esos dos recipientes naturales, en esas nueces de frías
aguas y molestos animales. Está desnudo bajo el agua, con los ojos cerrados y la
nariz tapada. Siente la necesidad de respirar, no lo hace. El sonido que desprenden
las piedras parece más importante que sobrevivir. Cautivado por las palabras que le
susurra la nuez más pequeña se va dejando morir poco a poco en el agua.
-¿Qué estaba pasando por tu cabeza, mocoso? ¿No te das cuenta que pudiste
haber muerto?- Don Pedro dijo mientras dos lágrimas se asomaban por sus ojos.
Don Pedro y su mujer fueron al teatro. Esa noche Pedrito había encontrado otra
piedra en forma de nuez; sabía muy bien que era de las más viejas; sus voces se
podían sentir a través de la textura. Don Pedro y su esposa caminaban en la alameda
escuchando el crujir de las hojas secas que caen de los árboles. Iban juntos,
rodeados de multitud y ruidos, presos del escandaloso sonido de las hojas y los
hombres y mujeres y niños que, descalzos y calzados, juegan lejos de la muerte que
les espera.
En casa, Pedrito llena la tina de agua hirviente y champú; saca de su pantalón
un par de piedras lizas y largas. Está ya en la tina, muriendo de calor, con la piel roja
y los ojos cerrados. Golpea las piedras debajo del agua, mete la cabeza «No puedes
sólo buscar un...» Suena, resuena, retumba: «escúchame...»
Cuando los padres del niño regresan a casa pueden encontrarlo ahí, muerto.
Demasiado tarde para definir un castigo; demasiado pronto para evadir un
sufrimiento. Aquí sólo queda la noche, una linda noche para morir ahogado,
escuchando la voz de las piedras.

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