Y sí, así está la situación: hablar de lo mismo, redundar. A veces hay como un respiro que me llama a recordar y me enciende como una llama, y soy la llama y me deshago en el viento, como intersectando a los pequeñitos grupos de aire que están por todas partes; volando con una parte de mi pensamiento hasta donde no estás, como un reloj de pocas horas: hijo de Dios, mártir ingenuo. Todo esto, triste pero cierto. Mis suposiciones trágicas te dibujan y caen como un montón de tierra infértil sobre mi jardín. ¿Qué puedo hacer ahora?, ¿a dónde puedo ir, sino hacia esto que me dirige de la mejor forma posible, de la única probable, de la menos conocida?
Un hombre me dijo una vez que el amor es la salida congruente y que de él no hay salida, y yo le creo. Quizás la salida no se expone en todas partes ni se vende al mayoreo, o posiblemente es la más clara, está frente a mí pidiendo imperiosamente mi mano y yo me doy la vuelta, es cierto. No quiero dejar lo que soy y lo que veo y lo que siento: es absurdo meditarlo, es difícil reprimirlo; imposible no disfrutarlo ni sufrirlo. Pero qué importa si definitivamente es, hoy por hoy, la búsqueda de mis sentidos, el amigo más cercano, la canción más cantada, el llanto, tú. Y algo me dice que eres amor, eres entonces la mejor forma de ser tú misma, amando.
Mujer, la verdad no se busca ni se encuentra, la respiramos diariamente: está en los sueños y en las noches de desvelo, en las palabras duras y en las difíciles, en tus ojos que saltan hasta mi cara cuando estamos juntos, en mis manos cuando de ellas te detienes, en nuestros besos, en el frío y el calor y el agua que sentimos, en los días soleados y los lluviosos, en tu iglesia, en mi casa, en mi beso que se destruye en tu cara un poco antes de la inevitable y diaria despedida.
Pido al cielo que tu voz se escuche en el mundo y que puedas enunciar la verdad por todos lados, pido que un mandato divino te incluya en su proceso, pido que los muertos agradezcan desde sus tumbas tu palabra inocente y sabia, y que los vivos corran todos a tu encuentro.
Mujer, como sitio de un amor depositario, como primera muestra de misterio y de verdad hermanados, como lo que nunca he vivido y sigo viviendo, como la mirada a cuestas, como el jardín destrozado, como el dolor de espalda y el náufrago… Mujer, en el nombre de Dios y del Diablo, destruyo tu ilusión y acepto mi castigo.