
Te vi -antes de comer-: ibas caminando a contra luz mientras yo subía las escaleras del estacionamiento de la facultad. Me pareció verte brillar a lo lejos, o quizás era el golpe de luz en tu cabello castaño. “¡No lo puedo creer!” gritabas mientras sostenías con tu mano derecha la cámara fotográfica que quizás había deformado la belleza de tus labios o tus ojos, o ¡qué se yo! Tus amigos ñoños caminaban a tu alrededor y me daba la impresión de que eras tú la actriz principal de la comedia. ¡Sentí tu mirada!, tan cerca de mí, tan lejana, tan apagada, tan dura -como si de pronto hubieras visto algo familiar y en seguida te hubieras desprendido de tus ojos para dejarlos correr en el aire-; yo me escondí detrás de una mujer gorda que caminaba -sin cara, sin ojos, sin manos pequeñas y blancas-. Mentí un poco entre dientes “perdón”; seguí caminando entre la multitud y me volví a esconder entre la gente, seguí. Ya estaba del otro lado de tus ojos y también de tus labios: miraba tu cabello oscuoro y claro, el brillo que estallaba contra tu cuerpo pequeño y ligero que llevas a todos lados. Ahí estabas tú, en medio de todos y sola; ¡miraste de pronto!, mis oídos se taparon, mis manos temblababn, mis ojos se desviaron a cualquier lugar -era una estatua de piedra sin palabras-; era una estatua de piedran ¡sin labios!, sin qué decir en cualquier momento, sin nada de hablar de la nada, sin nadie, sin ti, sin nosotros.
Y así me desprendí de la vida, un poco más, antes de la inevitable pérdida de los sentidos; de mis huesos y el suicidio de este día.
Un pedazo de día vuelto diario.
ResponderEliminar