viernes, 27 de agosto de 2010

Hoy me reclamaron por venir a verte



Hoy me reclamaron por venir a verte, no quieren que vuelva por aquí jamás”, “hoy me reclamaron por venir a verte, no quieren que vuelva por aquí jamás”, y la tonada volvía a pasar como película ciclada en la cabeza de Federico, “hoy me reclamaron por venir a verte, no quieren que vuelva por aquí jamás” y no se explicaba por qué se empeñaba esa canción en repetírsele con tanta insistencia, Vicente Fernández no le gustaba para nada, y mucho menos en sus tiempos mozos. Serían mediados de los 80’ o quizá de los 90’; a sus 63 años, Federico ya perdía los hilos del tiempo, de repente se le enroscaban peligrosamente en la cabeza y no le daban paso a la objetiva cronología de los hechos en un tiempo realista y lineal, y en este momento alguien seguía reclamándole por venir a ver ¿a quién?, con la extraña manía de escudriñar las canciones tratando de interpretar el mensaje de su autor hasta en el mínimo detalle, seguía sin entender, seguía sin entenderse, “¿por qué no puedo quitarme de la cabeza esa espantosa y simplísima canción que un charro mexicano devaluado puso de moda palenquera hace años?” además, en su situación actual era muy difícil, casi imposible que alguien le reclamara por ir a ver a otra persona, no tenía personas qué visitar, ni siquiera que lo visitaran, y sería de mucho mejor gusto ciclarse en una canción de Serrat o de perdis de José José, también de aquellos tiempos, e intentó tararear “gloria a Dios en las alturas…reclamaron, recogieron, ¿revistieron?”- no, no, no- y “hoy me reclamaron por venir a verte, no quieren que vuelva por aquí jamás, dicen que…” volvía a sonar como disco rayado. Prendió el radio, buscó una estación cualquiera. De un tiempo acá resultaba ya muy tedioso el trayecto en el carro del Motel a la casa, la cabeza se resistía a ocuparse en algo creativo, hasta la visita al mismo Motel cada tercer día empezaba a resultarle sin sentido, casi obligatoria y aburrida; y en los peores días como el de hoy, su cerebro prefería insistir en sumirse en la mediocridad de repasar la parte rayada de su disco duro.

El radio tampoco consiguió captar su atención, sobre la voz del locutor y las canciones que programaba, sonaba Vicente Fernández “hoy me reclamaron por venir a verte…” Aplanó sus sienes entre el dedo pulgar y el índice de su mano derecha, a esta presión respondió la cefalea que últimamente tampoco era extraña, era un palpitar que al ritmo de la banda norteña danzaba en su cabeza dos de cada cuatro días de la semana, pretendía ignorarla pero hoy, se hacía presente como la mano que movía el martillo vuelto canción de Vicente Fernández. Sacudió con demasiada fuerza la cabeza al grado de que sus manos en el volante casi pierden la verticalidad de una carretera demasiado recta y a las 6 horas de la tarde, extrañamente poco transitada, estaba solo, solo, solo, ni un automóvil con el mismo destino, ni un automóvil en sentido contrario, sería muy fácil apretar el acelerador y continuar de frente, ignorando la incipiente curva que empezaba a asomarse en el trayecto, pero no lo hizo, recuperó su cabeza el equilibrio, y su peso sobre los hombros, y su mando sobre sus manos, mientras la acompañaba un “no quieren que vuelva por aquí jamás”.

No era la primera vez que se le ocurría pasar a formar parte del paisaje y fundirse con el camino, las hierbas de la orilla, los cerros, las nubes y la luz del crepúsculo; lo detenía pensar que dejarse ir alteraría el curso natural del ambiente y su incorporación al paisaje violentaría la tranquilidad de la tarde y así no, quería una fusión lenta, paulatina, discreta.

Y hoy, como nunca, la ciclada melodía en su cabeza no lo dejaba disfrutar de aquella idea larga y repetidamente acariciada, cuyo encanto estaba en su imposibilidad, ya que perderse en el camino, desaparecer, no dejar huella, era eso imposible. Y era un truco de la vida, “hoy me reclamaron por venir a verte”, él, que en realidad no existía, para nadie, no podía desaparecer sin dejar huella, “no quieren que vuelva por aquí jamás”, alguien que solo es materia, sin espíritu, no puede irse del mundo sin alterar aunque sea por un día la tranquilidad de otra persona, aunque sea desconocida, aunque sea una tercera persona, ya que la primera y segunda personas no tenían cabida en su inexistencia terrena. Por sus ideas también había pasado la de tirarse en un campo solitario y esperar pacientemente a que su cuerpo se integrara a la tierra como los restos de los animales que atropellaba y mataba en la carretera, pero le temía a los zopilotes y a los halcones, carroñeros sagaces, oportunos, alertas…

Y él no, Federico no pensaba en cómo morirse, en que su materia se descompusiera y apestara, no, no era morirse lo que quería, no, era…”no quieren que vuelva por aquí jamás…dicen que…” perderse, quería perderse que es muy diferente, quería que tampoco su cuerpo tuviera forma, que no ocupara un lugar en el espacio, que fuera tan invisible e inexistente como su espíritu, que no fuera el amorfo trofeo que todavía de vez en vez las mismas águilas carroñeras se disputaban; y entonces, empezó a querer aparecer la tercera línea de la canción de Vicente, pero se quedaba a medias y volvía a empezar “hoy me reclamaron por venir a verte…” y veía con claridad ahora que lo más fácil es repetir el estribillo de las canciones, pero el mensaje está en el cuerpo de las mismas “dicen que si vuelvo…” su pensamiento volaba, sin darse cuenta, estaba consiguiendo sustituir la ansiedad de la canción por su auténtica ansiedad, aunque Chente seguía dominando con su voz el trasfondo de sus pensamientos, éstos ya empezaban a gozar de una libertad, condicionada, pero libertad. Nuevamente el dolor de cabeza consiguió apartarlo por un segundo de sus cavilaciones, le urgía un analgésico para un dolor que estaba resultando inaplacable, se preguntó repentinamente: -¿Serán efectos colaterales del viagra?- desechó una respuesta afirmativa, el médico había indicado la dosis correcta y recomendado el uso discrecional y ordenado, -¿y él tuvo cuidado?- Quiso recordar cuántas veces tomó la pastilla en la semana y no pudo ordenar sus recuerdos, ni los rostros que buscaban un lugar en su memoria ya marchita, eran rostros femeninos, todos en el mismo cuerpo, era un cuerpo de medusa con mil rostros diferentes, todas en una, en la única mujer que siempre buscó y jamás encontró y que fue dejando vacía su alma, “hoy me reclamaron por venir a verte” de pronto la simple y retórica canción empezaba a tomar forma “no quieren que vuelva por aquí jamás”, lo mejor es que el viaje estaba agonizando y muy pronto podría llegar a su casa y espantar de su cabeza los zopilotes y las tentaciones de humanizarse con el pensamiento; saturando su materia con el ruido de las terceras personas que la habitaban, su esposa ella, sus hijos ellos, su nuera aquella, sus nietos esos…

Sin proponérselo aceleró el motor del automóvil, pasaban ante sus ojos las formas distorsionadas de los árboles, las casitas de palma a orilla de la carretera, los animales que a esa hora pastan los potreros, las personas que a pié recorren los caminos rurales, los vehículos que esporádicamente se encontraba en sentido contrario, en un paisaje cotidiano y tan conocido que parecía totalmente nuevo. Federico había logrado alejar por unos segundos la voz de Vicente Fernández, pero ahora era él quien voluntariamente traía a su memoria y a su voz aquella intrascendente canción, y abriendo la boca por primera vez en todo el trayecto empezó a cantar: “Hoy me reclamaron por venir a verte”, el dolor de cabeza empezó a intensificarse “no quieren que vuelva por aquí jamás”, se prolongó por la nuca y bajó por el cuello hasta el brazo izquierdo, “dicen que si vuelvo encontraré…” Federico soltó el volante y hundió su pié en el acelerador, el dolor era tan fuerte que lo cegó y ya sin voluntad dejó caer su torso sobre el volante al tiempo que completaba la tercera línea de la canción de Chente, “la muerte”.

Ya no se dio cuenta que su vehículo se estampó contra una colina del camino y que ahí llegaron policías, ambulancias y mucha gente curiosa, muchas terceras personas a quienes por un momento los alteró el suceso más por satisfacer su curiosidad que por apiadarse del algún dolor ajeno y lejano. Luego en el sepelio, lleno de ellas y ellos se le despidió como es la costumbre, con rezos y flores y llanto.

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