sábado, 4 de septiembre de 2010

La tristeza

Mis narices se han enfadado conmigo
por la fetidez del mundo, por el ruido,
por los falsos profetas, por los falsos amigos,
por tu boca y tu cabello que no respiro.

Mis ojos se vuelven menos visibles
a la distancia y a la luz que atienden,
como tu mano fría en mi cara,
como el delirio de los moribundos y los ciegos,
como las noches de rezos y los suicidios.

He tomado cartas en el asunto:
debo arrancar mis ojos y dejarlos en el viento
debo tomar mis manos y quemaras con su fuego
y que la sangre y el ruido sean de un gran sufrimiento,
para que nunca haya, nadie más, sin escarmiento.



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