La vez pasada tomé una bocanada de aire, después caminé por la casa, atravesé la sala y cerré la puerta.
Había olvidado las palabras que dejé superpuestas en tus labios y que luego escribí en mi cuaderno: “la verdad no se busca ni se encuentra, la respiramos diariamente; está en los sueños y en las noches de desvelo, en las palabras duras y en las difíciles, en tus ojos que saltan hasta mi cara cuando estamos juntos, en mis manos cuando de ellas te detienes, en nuestros besos, en el frío y el calor y el agua que sentimos, en los días soleados y los lluviosos, en tu iglesia, en mi casa, en mi beso que se destruye en tu cara un poco antes de la inevitable y diaria despedida…”
Ajusté mi mochila a la rebelde chamarra que me había puesto, intenté cruzar la calle. Mi descuido obligaba a los transeúntes a detenerse y a los choferes (desesperados por el tráfico matutino) a sonar su claxon. 9 de la mañana, hora vívida y simple, el reloj no se había parado, mis manos buscaban un refugio cálido entre la chamarra incómoda. La entrada del metro se veía despejada y el sol empezaba a calentar las estructuras metálicas que llega uno a tocar mientras visualiza el entorno y trata de configurar un método para esquivar a las personas, siempre es lo mismo, metro universidad 10 AM.
Copilco, Miguel Ángel, Viveros, Coyoacán, pasaron como película antigua por mis ojos. Después el descuido, la inútil esquizofrenia diaria que dilata mis sentidos y frena mis pensamientos, voces, cuentos, un ir y venir sin descanso. Crucé la línea de seguridad con un solo paso firme, busqué en mi mano izquierda el reloj y continué mi camino mientras pensaba en los dibujos extraordinarios de tus ojos.
Santiago me esperaba frente al Palacio de Hierro de Plaza Coyoacán, tenía en sus manos la maltratada bolsa negra que después yo usaría para tirar la basura olvidada por Larissa en la mesa del comedor, y sobre su nariz se detenían unos lentes oscuros que impedían escudriñar en los dibujos de sus ojos, nunca tan bellos como los tuyos, digo bien y sin temor a equivocarme. El tío Santiago dejó en mi cartera un billete de 200 pesos y una nota con varios teléfonos, en mi mano, las estiradas tomaduras de la bolsa negra, un abrazo dudoso en mi espalda y un “adiós”.
Mientras jugaba con la idea de intentar alcanzar mis manos entre tu garganta para luego besar tus ojos con los míos como si los besos nacieran de una imagen detallada de los tuyos, de paisajes ancestrales, de colores pálidos y oscuros; llevaba entre labios una canción que dice: “…y ojalá que veas marchar, mis pies andar, por un espacio desconocido, por una mirada…” y cruzaba nuevamente la travesía mencionada, como una película muy mala y una nostalgia.
me encantoo tantooo!!
ResponderEliminarespero y sea la mochila q te firmee... la primera q nos conocimos... donde te pusee recuerdame!!
:)
mi delirio por siempree!
y con esto es como el viejo neuras regresa...
ResponderEliminarExcelente trabajo, no puede ser mejor.
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