Esa tarde Pedro buscó una piedra que tuviera forma de nuez. La encontró.
El año pasado había estado en Tempoal viendo correr el río, lanzándole piedras
a las aguas correlonas. Se había vuelto muy importante este juego para él. Las
piedras son el reflejo de los años, la mancha que va dejando el tiempo debajo de las
aguas que corren y corren y corren.
-No es tiempo para juegos tontos- Dijo su padre-, debemos irnos, ¿qué no ves
que tu madre está preocupada por nuestra ausencia?
A Pedro le encantaba golpear las piedras debajo del agua. El sonido que éstas
desprenden de sus cuerpos y corre por el agua parece estar vivo. Las rocas son
sabias y la musicalidad deliciosa que desprenden de sus cuerpecitos está llena de
conocimiento y vida. Las rocas jóvenes permanecen en la parte más alta; algunas
flotan hasta la superficie y se les puede ver abriendo sus manitas, nadando y
nadando en la profundidad del río. Otras, las más viejas, esperan en el fondo, ¿Qué
esperan? Pedro lo sabe y por eso las busca, son nueces de sabiduría.
Pedro no para de pedirle a su padre que lo deje permanecer una hora más en
el río. Éste no accede. Al parecer ya es demasiado tarde y las copas deben romperse.
Don Pedro, hombre necio y de pocas palabras, toma a Pedrito de la mano y lo
introduce con fuerza en el coche. Más tarde, llegan a casa.
Las piedras son como ruinas; guardan en su vientre millones de almas que han
sido arrastradas por el río. No son sólo las piedras, también el agua y el bosque; los
árboles que chillan de frío con el viento helado de la tarde; las aguas que se arrugan,
se ponen “chinitas” de frío cuando cae la noche. ¿Será ésta su forma más humana?
Posiblemente.
Pedrito juega con las piedras. Esta vez en su casa. Usa la tina para intentar escuchar
las voces guardadas en esos dos recipientes naturales, en esas nueces de frías
aguas y molestos animales. Está desnudo bajo el agua, con los ojos cerrados y la
nariz tapada. Siente la necesidad de respirar, no lo hace. El sonido que desprenden
las piedras parece más importante que sobrevivir. Cautivado por las palabras que le
susurra la nuez más pequeña se va dejando morir poco a poco en el agua.
-¿Qué estaba pasando por tu cabeza, mocoso? ¿No te das cuenta que pudiste
haber muerto?- Don Pedro dijo mientras dos lágrimas se asomaban por sus ojos.
Don Pedro y su mujer fueron al teatro. Esa noche Pedrito había encontrado otra
piedra en forma de nuez; sabía muy bien que era de las más viejas; sus voces se
podían sentir a través de la textura. Don Pedro y su esposa caminaban en la alameda
escuchando el crujir de las hojas secas que caen de los árboles. Iban juntos,
rodeados de multitud y ruidos, presos del escandaloso sonido de las hojas y los
hombres y mujeres y niños que, descalzos y calzados, juegan lejos de la muerte que
les espera.
En casa, Pedrito llena la tina de agua hirviente y champú; saca de su pantalón
un par de piedras lizas y largas. Está ya en la tina, muriendo de calor, con la piel roja
y los ojos cerrados. Golpea las piedras debajo del agua, mete la cabeza «No puedes
sólo buscar un...» Suena, resuena, retumba: «escúchame...»
Cuando los padres del niño regresan a casa pueden encontrarlo ahí, muerto.
Demasiado tarde para definir un castigo; demasiado pronto para evadir un
sufrimiento. Aquí sólo queda la noche, una linda noche para morir ahogado,
escuchando la voz de las piedras.
omitiendo el "muerto"del final....
ResponderEliminarpedrito...! me agradoo...!!!ire a jugar al rio con las piedras, o bien llenar la sucia e inusable tina del cuarto de junto para escuchar la voz de las piedras...!